por Ana Claudia Molinari
Cartas para el escritor José Revueltas (1914-1976), fechadas en Volcán Xitle, entre agosto y septiembre de 2016, firmadas por Ana Potentino.
Estimado José Revueltas,
He sabido que murió usted con su enorme espíritu alcoholizado y al borde de muchas enfermedades. ¿Es cierto eso? ¿Acaso puede el más insumiso y extraordinario de los escritores libertarios deprimirse y dejarse ir? No es un juicio. Solo una duda existencial o una renuencia a creérmelo. Este mundo mata de tristeza.
Maestro, con el inmenso respeto que usted me provoca, me permito escribirle una carta, aunque al terminarla, aun no sé a dónde voy a enviársela. Al infierno no, pues además de que no existe tal lugar en los códigos postales, sólo sus enemigos ideológicos o los envidiosos de su arte, podrían suponer que ahí se encuentra usted, pagando no sé qué culpa por haber sido un artista tan lúcido, digno, original, a contra corriente, el mejor escritor del siglo XX en México. No creo que alguien se interese en publicar esta carta, mi nombre no figura en la sociedad contemporánea de escritores ni de becarios. Pero he leído que usted financió la publicación de su primera novela, Los muros de agua, en 1941 y siento un impulso por buscarlo, mirar dentro de sus ojos, constatar esa nobleza de persona que se deja adivinar tras de sus letras. Preciso de escribirle esta carta que luego no sé cómo usted leerá.
Maestro Revueltas:
No quisiera que estas letras se parecieran a otras de otros. Me voy enterando que montón de gente ha escrito sobre usted y sobre su obra. A usted le robaron su opera prima todavía en borrador en el tren de Guadalajara, nunca la recuperó pero siguió escribiendo. Esa anécdota me alienta a continuar. Pienso que escribir debe llevarnos a algún lugar. Sí, como usted dijo, escribir es un acto de libertad, la escritura debe ser respetada, tomada en serio por el escritor, aunque no a personal: la escritura es un don social, a nadie pertenece, es como el habla, es de quien la pronuncia.
La escritura, dicen en la selva, es un regalo del jaguar que en la piel lleva los signos primigenios. De tal suerte, ésta es la carta más difícil de mi vida; en tiempos de mensajes electrónicos y emoticones, escribir una carta dirigida a un cartero conocedor de todos los domicilios de la palabra, es para mi, una alta responsabilidad, es una osadía.
Me asusta acercarme a usted y comunicarle de frente el mensaje que tengo que darle. Ya antes me he hecho amiga, o medio novia de otros escritores muertos, pero con usted no me atrevo, me inhibiría. Los que lo conocieron bien, dicen que usted era muy humilde o transversal en su trato con los demás. Dicen que era amigo de Pablo Neruda y que usted, por respeto, nada respondió al poeta austral, cuando este lo cuestionó por su postura crítica. Dicen que usted no era engreído a pesar de saber que era un genio. De todos modos, no creo que me fuera yo a atrever a abordarlo a usted en alguna esquina del capítulo tres de su novela Los errores, publicada en 1962. Novela que por estos días estoy leyendo con cada vez más asombro. Sus estudiosos dicen que es la mejor. También leí que a causa de la publicación de esta obra usted fue expulsado del Partido Comunista Mexicano, y eso, en todo caso, me parece un hecho fascinante, que lo desmarca de toda postura rígida, vertical, estalinista a la época, y lo define como luchador congruente y autocrítico, que no persiguió poder ni protagonismo. Filósofo que cuestionó el orden de las cosas y por eso fue a parar en varias ocasiones a prisión, incluso estuvo un par de veces en las Islas Marías. Acabó en la cárcel por decir, por pensar, por izar una bandera rojinegra en pleno Zócalo de la Ciudad de México, por apoyar a los estudiantes en el 68. Su sobrina, una profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, dijo en un programa acerca de su vida y obra, que, aun sin haber pasado demasiado tiempo ahí dentro, usted salió de Lecumberri vuelto un viejito. Pero ¡cuidado! Usted escribió en la cárcel y sobre la cárcel, ese lugar donde estamos encerrados como monos. Usted escribió siempre con arte y al mismo tiempo, con entendimiento de la realidad social, siempre asumiendo la responsabilidad de sus actos, sin miedos ni tibiezas acomodaticias, sin autocensura. Una actitud vital que debe reconocerse ejemplar.
De todos sus biógrafos, críticos y analistas, lo que más me ha gustado leer es un texto de José Agustín, otro prolífico escritor mexicano, publicado en 1967, cuando usted todavía vivía. Es un ensayo, incluido en un libro de recopilación de la obra de José Revueltas, en el tomo II, y que retoma Álvaro Ruiz Abreu en su antología de textos sobre su obra, titulado Revueltas en la Hoguera, publicado, supongo que a propósito del centenario de su nacimiento, en 2015, por ediciones Cal y Arena. José Agustín, un tocayo amigo y colega suyo, opina que usted, junto con Cortázar, es el mejor cuentista de Latinoamérica entera y que Dormir en tierra, es sin duda el mejor libro de cuentos que se ha escrito en México. Opina también que sus novelas El luto Humano y Los errores son obras maestras de la literatura en lengua española. Yo coincido.
Don José Revueltas:
Esta mañana he ido a un café literario de San Ángel para encontrarme con usted. Lo esperé en una mesita bajo la copa de un trueno. Leí mientras tanto su novela El luto humano, que fue publicada en 1943, año en que esa novela ganó un importante concurso literario. ¿Por qué escribió esa novela don José? ¿Por qué hablar del luto de unos indios mexicanos con ojos como piedras, que no saben que están muertos, que fueron asesinados en sus esperanzas de hacer una huelga y dirigir ellos sus vidas; que huyen de la muerte pero van hacia ella, que velan a su muertita en un pueblo que murió primero? Veo que usted era un clarividente incomprendido y pudo percatarse desde muy temprano de que los revolucionarios habían sido derrotados, que los indios, los zapatistas, los campesinos, no habían ganado la tierra ni la libertad por la que lucharon desde 1910 y finalmente serían enterrados vivos bajo las órdenes de un General. Usted miró a México como un país de muertos caminando. Lo hizo en una época en la que la Reforma Agraria parecía una política transformadora y miles de hectáreas fueron repartidas, por efecto de las políticas cardenistas, en ejidos y comunidades por casi todo el país a los pobres de este suelo. Ni siquiera había cumplido 30 años cuando usted escribió esa obra de arte que preconizaba el luto de los trabajadores porque la Revolución Mexicana nació muerta.
Lo esperé en esa mesa con el secreto deseo de que no llegara y usted no llegó nunca. Pero llegará algún día ¿cierto? Para disimular mi ansiedad tras dos cafés clavada en la lectura de su libro, guardé El luto humano y saqué de mi morral una edición de bolsillo de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Quería abanicarme un poco con él, pero me puse a leerlo. A diferencia de El luto humano, la novela de Pedro Páramo, publicada once años más tarde en 1954, es de lectura ligera y picante. También habla de los muertos en un país de la muerte, pero Pedro Páramo no aborda la dimensión histórica del México profundo que usted retrató. Usted puso ese nombre «México profundo» al mundo que inventó en sus textos y décadas después, el antropólogo Bonfil Batalla retomó este concepto para titular su libro más famoso, México profundo Una civilización negada, publicado en 1987. ¿Cómo lograr la aceptación de que las ideas son de todos? ¿O cómo aceptar y celebrar simplemente que las ideas se contagian, que también hacen camino al andar, son un trazo al Tzompantli? Pagué mi café y quité la cafetería.
José querido,
¿Me permite queridearlo? Le escribo ahora porque hoy rescaté de unas cajas guardadas hace años en casa de mi madre, mi colección de cartas recibidas por correo durante algunos años de mi juventud. Escritas a mano, papel antiguo, con sello postal y timbres de colección algunos, mi dirección, un remitente lejano, algún novio, la era pasada. Y de pronto un recuerdo de algo muy primitivo, la vida de estudiante, el trabajo de campo, la certeza veleidosa de la victoria contra el imperialismo, última premodernidad de los años ochentas. Justo la década que usted ya no vivió, la misma década en que caducó oficialmente un animal endémico llamado Revolución Mexicana y nos volvieron neo liberales. Y me acordé de usted José, de la carta que le estoy escribiendo. Así que volví a mi escritorio.
Contarle que seguí leyendo sus libros, logré vencer los obstáculos infinitos y retomé la lectura una y otra vez. A pesar de quedar atónita y espantada y querer escapar de sus novelas, siempre regresé. En el inter requerí hacer lecturas de tipo más light, para sacudirme sus imágenes grotescas y cinematográficas, fue inevitable, siempre regresé a sus libros porque en ellos se encuentra uno la belleza y la conciencia combinadas. También porque me sorprende su iluminación mi querido José, su manera de mirar a México, de implicarse en los hechos, su conocimiento vivencial de la historia y su claridad de saber que lo sabe. Por eso quería escribirle esta carta, para contarle algo importante: que el paraíso tiene otro nombre. Un nombre secreto de combate y en su interior crece su plantita, botón florecido por los campos y las calles. Que ya se esparce por los planetas la floración de nuestra esperancita. Quiero hacerle saber que descubrimos que no estamos muertos. Que despertamos de la muerte tras el llamado a la insurrección. Que hubo una fecha en el calendario que marcó el símbolo de los que corazonamos y que hubo una geografía: Chiapas, iluminando las múltiples geografías continentales. Decirle que no es consigna ni mito que Zapata vive y que La lucha sigue. En este momento yo leo sus palabras y siento con usted ese dolor de sollozos eternos. Es un dolor que sigue vivo, él si más vivo que nunca ese dolor, el dolor de la tierra y de las madres, el dolor por la muerte de su semilla germinada. Entonces, fue otra fecha en el calendario en un lugar llamado Ayotzinapa. Después de esa noche, no hubo vuelta atrás, de tanto dolor, el muerto despertado que éramos, al fin resucitó.
Lo de hoy es algo sin nombre, aun en gestación y usted es ese ojo solitario en medio de la noche, irradiando unas ideas que hasta hoy alcanzamos a comprender, que nos dan pistas y claves para inventar la nueva palabra-práctica del porvenirahora. Y aunque no estamos muertos, somos invisibles. En la guerra de hoy, la que venden y fomentan los imperios petroleros, los enemigos son pura retórica ideológica, películas de Hollywood, discursos políticos de la cúpula de Washington. Pero sí que hay un enemigo para los pueblos y ese enemigo es la guerra. Que diría usted si viera que hoy el capitalismo transforma en mercancía hasta las luchas anticapitalistas, que las identidades se compran, que han clonado al pensamiento crítico. Qué pensaría José de que hoy, las armas y las drogas son las mercancías más lucrativas de los gobiernos más democráticos, que los fascistas se reivindican autónomos y quieren represión libre de Estado. Camarada Revueltas, en las primeras décadas del siglo XXI, o nos escapamos por entre las grietas o dejaremos de existir. Aquí hay muchos ojos y palmas de mano. Nos reconocemos. Usted está con nosotras.
Pepe,
Espero que no te moleste si te hablo de tú. José, desde que te leo, te veo por todas partes, en el nombre y los renglones de algún poema de José Emilio Pacheco, en la primera frase de una novela chingona de Arturo Bolaño, en los relatos sobre la identidad nacional de varios escritores laureados, en Pedro Páramo. Los mexicanos somos revueltianos aun sin saberlo, y no solo en la literatura, también en la imaginación musical. Los escritores mexicanos y aun ciertos latinoamericanos del boom, son revueltianos, aun sin quererlo, o sin decirlo, o sin haberte leído, vaya. Descubrir esto me tranquiliza y me precipita a seguirte escribiendo tras leerte José Revueltas. ¿Cómo podríamos no ser parte del movimiento de unos poetas que nos comparten su lucha de maíz y tortillita? Te vi y sentí deseos de seguirte. Pero esto es todo. Ahora me despido José, solo me queda contarte que el otro día escuché tu voz, un pequeño reportaje que encontré en la red, sobre tu hermano Silvestre, en el que en un fragmento tú lo recordabas y hablabas sobre su música. Eras tú, como en las fotos icónicas de ti mismo, de lentes con grueso armazón negro, con el pelo lacio y larguito y la barba bicolor que acariciabas constantemente. Pero tu voz era nueva para mí que nunca antes te había escuchado. Tu voz no correspondía a la imagen acústica que me había hecho de tu manera de hablar, tras buscarte delirantemente en tu manera de escribir. Supe por el tono bondadoso de tu voz, que algún día, cuando acudas al café en el que estaré leyendo tus poemas publicados post mortem, podré abordarte sin temor a interrumpir tu paso, con tal de que me dediques algunas miradas y sonrisitas como canto irrevocable.
Con amor, Ana Potentino
Este texto original de “Carta imaginaria a José Revueltas Sánchez”, forma parte del libro, Detectives incómodos, de Ana Claudia Molinari, una autoedición del año de 2022, con Ediciones del Espejo Somos. Seis capítulos dedicados a escritores como Bolaño, Bukowski, Sub Marcos, Revueltas y otras sorpresas.
Lo puedes encontrar y leer completo en un PDF dentro de la página de la Editorial Quimantú (Chile)
La calcomanía del retrato de Revueltas, por el artista gráfico chileno, Ignacio Andrés Pardo Vásquez.
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