por Ana Claudia Molinari
Hace unos meses me invitaron a dar mi opinión sobre ”el futuro del libro” a un coloquio de escritores de medio pelo. Mi intervención fue bien aplaudida pero a los organizadores en el fondo no les gustó la hipótesis. A quién se le ocurre decir que los libros van a sobrevivir a la debacle capitalista solamente si dejan de ser la mercancía en la que han devenido estos maravillosos soportes del texto merced a la industria editorial. Nuestra cognición se mantendrá orgánica si hacemos libros o música o teatro o danza o ciencia campesina. El punto álgido es que esos escritores aspiran a que una editorial de renombre los publique y los convierta en “autores”. Y a engordar el ego bajo el sello en el que los coloquen. Qué poco elegante les parecería ponerse a hacer libritos en su casa. Y sin embargo, estos colegas no tienen empacho en pagar mucho dinero para contratar los servicios editoriales que les corrijan el estilo, les hagan «la clínica de obra», el estudio de viabilidad comercial y luego les produzcan el libro y les organicen el tour de medios y los catapulten a la fama. Las jóvenes amigas que me acompañaron al coloquio y yo escapamos del evento antes de que terminara. Saliendo del edificio corrimos como unas traviesas.
Todos deberíamos saber hacer libros. Desde soñarlos, escribirlos, hasta editarlos, armarlos con las manos, coserlos por el lomo a la luz del sol. El libro es el instrumento de nuestra memoria y de nuestra libertación. Somos animalas que escriben y la escritura está hecha para ser leída. Porque para comunizar, para cultivar tu milpa de saberes, para la autonomía emocional, para aprender a pensar por cuenta propia y desafanarnos de la cultura artificial, la confección de libros debería ser una tarea común y muy popularizada. Sin embargo, no lo aprendemos en la escuela. Casi nadie habla de esto. Damos por sentado que los libros van del autor a la librería y de la librería al lector. Hoy en día la producción de libros es una práctica industrial cuyo proceso permanece oculto al público; implica muchos saberes pero su ejecución es vertical, fragmentada y asignada a multiplicidad de personas sin relación entre ellas. Por cierto, si bien sobra oferta para la enseñanza de la escritura, tampoco hay nadie que te venda un taller de cómo hacer para publicar tu pinche libro, nos falta un mapa de cómo llega un manuscrito a ser publicado y un escritor a ser legitimado. Y no se equvoquen, no me refiero a cuántos concursos y a cuántas editoriales tienes que enviar tus manuscritos, sino cuánto capital social debes tener para que te consideren apto. Y bueno, ante la acelerada mercantilización del libro, los escritores que trabajan para la la industria literaria podrían correr peligro de convertirse en “unos tipos extraños llamados intelectuales”, como dice la canción del buen Rockdrigo; personas desvinculadas de los oficios manuales, que desconocen incluso cómo editar su propio texto Y quizá lo más triste, seres que podrían quedarse siendo “vulgares tipos autóctonos” que no quieren cuestionar al poder. En síntesis, los escritores escriben manuscritos mientras que los editores los transforman en libros. Por tanto, el editor suele ser un personaje de poder y su editorial suele transferir prestigio al publicado. En la comercialización del producto vuelve a jugar un papel relevante el mentado autor, que en pos de la promoción de su obra debe participar de giras, entrevistas y presentaciones con firma de ejemplares, invitaciones a magnos festivales literarios a los que asiste en calidad de “elegido”. Aquí la de cal. ¿Qué pasa cuando se desinvita a un escritor de uno de estos lugares de elogio de la voz y la palabra escrita? ¿Por qué se arma un escándalo?
Desde la orilla en la que habito he sido espectadora curiosa de un intenso debate de la farándula literaria hispanoamericana que saltó de las redes sociales a la prensa y los noticieros. Lo que a mis ojos resulta importante es el origen de este desmadrito y la posibilidad de alzar la voz contra la guerra que aniquila al pueblo palestino. Resulta que un grupo de estudiantes de la Red Universitaria por Palestina de Granada, España, pidió a los organizadores del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades CULTURA-ALH (ocurrido del 21 al 27 de septiembre de 2026 en la Universidad de Granada), que consideraran revocar la invitación a una destacada escritora argentina radicada en Francia. Y afirmaron basar su demanda en la evidencia de que esta persona ha negado públicamente el genocidio que comete el régimen sionista. Lo cual consideraron un argumento de peso para solicitar que una universidad pública no preste su espacio a voces negacionistas. Fue entonces que el 21 de septiembre pasado, ocho escritoras se sumaron a la demanda de los estudiantes, nada más y nada menos que Gabriela Wiener, Rita Segato, Lina Meruane, Silvia Federici, Sabina Urraca, María Fernanda Ampuero, Brenda Navarro y el tremendo poeta, Ángelo Néstore. Como consecuencia, los directivos, seguramente temerosos a una protesta sobre terreno, tuvieron a mal la torpeza de enviar un e mail a la referida escritora argentina en donde le comunicaron, según la misma afectada, que con la pena, había sido desprogramada su participación en el evento. Y no mucho más. No le dieron una explicación seria de porqué habían decidido echarla cuando en realidad, le aseguraron, la admiran mucho. Y claro, la escritora argentina puso el grito en el cielo. Ha estado declarando en diferentes foros que le retiraron la invitación por el hecho de ser judía, porque ella es “la mala judía”. Yo la verdad, recién me entero que se trata de una célebre escritora de grandes ligas que lleva una trayectoria artística deslumbrante dentro del teatro y la literatura. Su primera novela ha sido también hecha película con elenco de estrellas y se le tiene en alta estima. La bola de nieve ha crecido, leo en la sección de cultura de La Jornada, que a todo esto se agrega un manifiesto de apoyo a “la protesta pacífica en contra de la negación del genocidio”, firmado por más de 500 personas, entre las que encontramos escritoras mexicanas como Cristina Rivera Garza, Lydia Cacho, Dalila de la Cerda. También firman Camila Sosa, Paul B. Preciado, Rodrigo Sorogoyen, Nona Fernández y siguen sumándose los nombres. Por su parte, la escritora argentina y decenas o cientos de aliados suyos, personajes de la elite, gritan ahora con mayor convicción, que todo esto es un acto de antisemitismo, que es una llana censura. Pero muchos de los que respaldan a la escritora argentina y se solidarizan con ella son incapaces de articular una autocrítica, evaden el núcleo de la discusión, se cuidan de no mencionar cierto concepto, apelan a la libertad de expresión y discurren en el campo de las ideas. Me pregunto si serán tan indolentes como parecen. La escritora argentina, que además se reivindica como feminista, se empeña en atribuir todo este alboroto a su religión, un atentado contra ella. Repite que la confunde el hecho de que siendo una simple mujer, vulnerable y judía, tenga que padecer una cancelación así. ¿Qué tiene que ver su identidad acá? Lo vuelve un tema personal. No la veo capaz de detenerse y preguntarse, ¿es que acaso me resisto a reformular mi punto de vista? ¿Existe la posibilidad de que con mi justificación a la guerra esté siendo parcial con los pueblos masacrados? En cambio, hace crecer la bola de nieve. Aquí cabe el refrán: No hay peor ciego que el que no quiere ver. Desde su gran zona de confort, nuestra escritora argentina, no sabe, no imagina lo que es vivir con miedo a esos que ella da soporte ideológico y que hacen del mundo un laboratorio de armas, espionaje y muerte. Los mismos que persiguen a cualquiera que los denuncie, sin importar si son incluso judíos. Véase el caso de Yuval Abraham y Rachel Szor, los directores de cine y realizadores del documental Naza, recientemente premiado en el Festival de Venecia; dos jóvenes israelíes que por haber hecho esta película, ahora no pueden volver a su casa y están en grave peligro de muerte, amenazados por su propio gobierno por haber osado dar cuenta, a partir de testimonios anónimos de miembros del ejército, de cómo es que ese crimen que niegan los que duermen en burbujas de irrealidad, es planificado y llevado a cabo. Pero la escritora argentina no corre riesgos, ella tiene la garantía de ser publicada y acceso a foros y recursos. Periódicos como El País se desgañitan por defenderla; el 25 de septiembre, este diario español tituló un artículo, “La escritora incómoda que se niega a ser silenciada”. Una burla para tantos y tantos que han sido silenciados, es decir asesinados por decir lo que al poder desnuda. ¿Cuándo ha sido silenciado aquel que alaba al poderoso? ¿Cuándo y a quién ha incomodado aquel que justifica al sistema? La industria literaria es blanca y la blanquitud es ingenua. A pesar del amargo golpe de la desinvitación que ha tenido que padecer, la escritora argentina va a estar bien. Muchas instituciones ya están compensándola y desagraviándola. Su familia no correrá peligro, la policía no la va a perseguir por sus posturas políticas, las grandes casas editoriales no la ignorarán ni en su palacio caerán misiles. En cambio, algo se ha movido en el campo de la cultura y hemos sido testigos de que la voz de otras escritoras sensatas y transgresoras comienza a confrontar el orden y la función de la literatura, escritoras que no se auto engañan suponiendo que es un mero asunto de discrepancia política sino un tema de sobrevivencia de la humanidad entera, incluidos judíos y palestinos. Un imperativo por “frenar la impunidad del poder de la muerte como ley”, que expone con lucidez Rita Segato.
La cosa va por disputar la posibilidad de las escritoras de nombrar la historia y no de negarla. Todo lo que me encantaría derivara en la paz mundial. Exagero, la literatura no tiene esta posibilidad pero sí que se reflejara en la generación de libros que inviten a pensar y a hacernos preguntas; libros raros, cómplices de la vida, que nos enfrenten con la realidad, no que la evadan, que puedan leerse lentamente y nos conviden poesía para curar nuestras heridas o aprender a volar. Tal vez pido demasiado. Soy un ser nervioso e impaciente que salta torniquetes. Por eso me gusta hacer libros, llevo aprendiendo el oficio a base de ensayo y error desde hace 17 años, escriboedito; con mi hija he creado una editorial chiquitita y autodidacta que tiene una de sus bases en San Cristóbal de Las Casas. Nuestros libros suceden en una mesa de la cocina, a veces en un tallercito portátil. Me volví ambizurda cuando aprendí a coser fanzines. Me contagié hace años de grafomanía pero no tengo amigos en la República de las Letras. Por eso auto edité dos de las tres novelas que he escrito, porque confío en mi obra y sé que es importante, porque siento la necesidad de saber qué ocurrirá después, qué otros relatos nacerán en mí y por eso realizo el ciclo del texto, leerescribireditarleer. Porque es aterrador y fascinante asomarse para adentro y animarse a escribir lo que descubres sin temor a interpelar a los patriarcas para mirar más allá.
Estuve viendo entrevistas a la escritora argentina y en una de estas afirma que, «escribir sobre tu identidad es tramposo porque al final la identidad es una mentira«. Tuve la impresión que al externar tal opinión, ella se refería a esas escritoras que hacen autoficción y ponen el cuerpo. Pero, no se puede decretar la manera correcta de escribir. Yo simplemente escribo porque soy una oveja negra y solitaria y necesito escribir. No quiero salir a la calle y tener miedo. No quiero dudar del otro. No quiero envejecer sin encontrarme. Quiero dejar de creer que soy incapaz de luchar, dejar de hacerme la timorata y convertirme en una escritora que sabe hacer sus libros. Y no hay que olvidar que así como Palestina está en todas partes, el negacionismo también y que no falta el activista que afuera simpatiza con la noble causa del pueblo palestino mientras que adentro guarda silencio acerca de los etnocidios locales. Y sin embargo, se mueve, las escritoras (me incluyo) hemos dado una vuelta de tuerca, Rita Segato dijo en entrevista para Pagina 12, que “en Granada se rompió un tabú”. Nunca más nadie podrá negar que desde el río hasta el mar, existimos.
Fotografía: gráfica de Decolonize this place, pieza de la alfarera chiapaneca Teresa Bautista.
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