Por Ana Claudia Molinari
Se acerca el día de las madres en mi país, motivo para hablar de lo complicado que resulta combinar dos oficios tan relevantes como el de la maternidad y el de la escritura. Hacer de escritora es como hacer de astronauta; necesitas dominar una órbita paralela. Hacer de madre es el más complejo de los trabajos humanos, sobre todo si lo que deseamos es formar personas soberanas (caso aparte es el de los “perrhijos”, ya que éstos nunca crecen y por lo tanto no tenemos que enfrentarnos a su libre albedrío). En fin, el hecho es que declaro incompatibles ambas esferas, porque tanto criar hijos como crear textos, demandan toda nuestra imaginación. Las dos tareas implican un trabajo mental sistémico y quizá por eso es difícil conciliarlas. No hay que perder de vista que “la literatura es la síntesis de todos los saberes”, mientras que el trabajo de maternar, además de integrar muchos saberes, implica la totalidad de nuestro cuerpo para la gestación y lactancia de los bebés tanto como para realizar las labores del hogar y la economía del cuidado. Del tema se ha dicho mucho y las protagonistas han hablado. Encontré un ensayo bien interesante del 2013 titulado, ¿Libros o bebés?, de la periodista y escritora Catalina Ruiz-Navarro, publicado en la página de volcanicas.com. El texto reflexiona de manera práctica y realista a propósito de la imposibilidad de escribir y tener hijos al mismo tiempo; también anoté un libro pendiente de leer: Maneras de escribir y ser/no ser madre, que son 14 ensayos de escritoras como González Mateos o Ave Barreda, publicado por Paraíso Perdido Editorial en 2021.
En síntesis, si eres madre no podrás asumir cabalmente el papel de escritora salvo que tengas el privilegio de valerte de tu red de apoyo para hacerlo, es decir, que puedas contar con el trabajo de ciertas personas (normalmente otras mujeres) que lleven a cabo los cuidados que tú no quieres o no puedes hacer. Y no estoy desromantizando a la escritora. Yo misma he comprobado esto que digo. Es hasta ahora que comienza mi vejez que he logrado dedicarme al temido oficio de bruja de las letras.
Ahora voy a retomar dos casos paradigmáticos de escritoras que a la par fueron madres, me refiero a dos rockstar de la literatura global: Alice Munro (1931-2024) y Chimamanda Ngozi Adichie (1977). En ambos casos, ser escritora no va solamente de poder escribir durante horas y horas (el cuarto propio), sino de horas y días y años dedicados a la auto promoción y la difusión de tus publicaciones en busca de lectores: entrevistas, tour de medios, firma de libros, discursos, ferias internacionales, fotos para las redes (las 10 mil libras). Te has preguntado alguna vez ¿cuál es la mecánica del Premio Nobel de Literatura? ¿Cuántos requisitos hay que cumplir y con cuánta gente hay que gestionar los acuerdos para ser nominado? ¿A qué precio se paga ser una afamada y multipremiada escritora?
A principios de julio de 2024, estalló un escándalo al norte del continente americano. A los pocos meses de su muerte, una escritora ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2013, fue abiertamente señalada por su hija, de haberla dejado sola y silenciada en el abuso continuado que sufrió a la edad de 9 años, por parte de su padrastro, el esposo en segundas nupcias de la icónica escritora Alice Munro.
La publicación del ensayo delator en el Toronto Star, firmado por Andrea Robin Skinner, la hija menor de la celebridad literaria, ha provocado una tremenda conmoción en el medio editorial de aquel país. Esta cruda revelación dejó a “la Chéjov canadiense” despojada de su manto. De un momento a otro se le comenzó a percibir como una madre-monstruo que se hizo la disimulada y permitió con ello la impunidad del agresor.
Alice Munro tenía 3 hijas a los 26 años, edad a la que se divorció del padre de las chicas. ¿Alice quería ser mamá? Al parecer no. Ella quería ser escritora, siempre lo deseó. Dice el periódico, que “la reina del Southern Ontario Gothic” dijo a su hija, al enterarse años después del ataque perpetrado por su marido, que “ya era demasiado tarde, que ella no iba a renunciar por sus hijos”. Es inevitable preguntarnos ¿A qué hubiera tenido que renunciar esta mujer si asumía la responsabilidad de su maternidad? A ser el epicentro de las letras, obvio.
A mi modo de ver, la terrible y triste noticia sobre un abusador y su encubrimiento, representa una alerta colectiva que no debería quedar en lo anecdótico de una familia como muchas, que no debería enfocarse solo en un juicio póstumo a la escritora, en tanto mujer y madre. Justamente, este caso pone en evidencia la moral hipócrita de la sociedad de consumo, que calla y perdona la violencia que se ejerce sobre la infancia, a cambio de reproducir sus instituciones, entre las que están por supuesto, los prestigiados premios literarios y las industrias culturales.
Es evidente que el oficio de escritor estelar ha sido practicado fuera del ámbito doméstico por hombres, preferentemente casados, que usan su tiempo en escribir y en prepararse para la escritura (leer, nadar, sacar a pasear a sus perros, ir a la biblioteca, tomar y fumar, hacer notas de los periódicos, investigar, viajar…). Para esos escritores el tiempo es totalmente suyo porque no están sujetos a la obligación de realizar cuidados domésticos. Por eso una mujer que se empeña en ser escritora de Nobel puede terminar desfigurada en su intento.
Encontré otro artículo muy interesante escrito por Sher Herrera, en volcanica.com del 7 de abril de 2025. Ella dice: “Siempre nos sostienen otras mujeres, por “altruismo” por “amor” o porque les pagamos y eso está atravesado por relaciones de poder y privilegio. Mientras escribimos, somos abogadas, o realizamos otro trabajo bien visto por el sistema, otras limpian, otras cocinan, otras gestan, paren, cuidan, crían, y como feministas o personas interesadas en la justicia social, debemos reclamar derechos, garantizar condiciones y pagar lo justo.” La autora toca el tema de la maternidad de la célebre escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, quien declaró en marzo pasado que había tenido hijos gemelos hacía casi un año y que ahora ella podía seguir su carrera de escritora gracias a que los pequeños fueron gestados por otra mujer. Declaraciones que indignaron a algunas personas.
Sher Herrera dice, quienes critican a Chimamanda argumentan que la “gestación subrogada perpetua desigualdades de género y económicas”. Lo que sabemos es que en Maryland, donde radica la escritora, la gestación subrogada es permitida pero no tenemos ningún dato sobre si quizá el caso de Chimamanda fue un caso altruista y la gestación no se asumió como un negocio para ninguna de las partes; no sabemos si involucró dinero o quizá no. Sin embargo, con la campaña mediática acusándola de ejercer un poder blanco y de negarse al embarazo y a la maternidad tradicional, se generó sobre todo desinformación con estigmatización a quienes ejercen esta práctica o nacen de esta manera.
Y sí, ésta sola declaración de Chimamanda en una rueda de prensa, a propósito de la publicación de su más reciente novela, Dream Count (Knopf, 2025), ha suscitado una campaña de cancelación contra la novelista. En ciertas cuentas de redes sociales se da por hecho sin ninguna evidencia ni conocimiento del caso, que la escritora “explotó reproductivamente a otra mujer”. Este discurso acusatorio, plantea la duda ética sobre la viabilidad moral de la maternidad subrogada, con el fin de desprestigiar a la Adichie en tanto “icono del feminismo”. Por cierto que las escandalizadas por la confesión de Chimamanda no repararon en otra de las interesantes afirmaciones de la americanah a la prensa, que decía que su esposo, quien ha dejado de trabajar como médico, es quien está en casa cuidando de los niños mientras ella, claro, anda de gira promocionando su nuevo libro.
El empoderamiento de una mujer es una de las demandas del feminismo blanco, y acceder a una maternidad que no limite tu profesión es un acto de poder. Un problema es que el feminismo blanco no cuestiona el empoderamiento, al contrario, lo fomenta y así se convierte en un acto clientelar. ¿Cuantas personas no han caído en la trampa del poder? Pero ya vemos sus límites, pues si una mujer poderosa (pero considerada “negra” en EE.UU.) ejerce su poder y escribe y publica, entonces resulta descalificada por cierto feminismo envidioso. Se pone a la luz una contradicción más de la mente patriarcal incrustada en los juicios contra otras mujeres.
Me opongo a este modelo de escritor sometido a un mercado ya que es una anti fórmula para la plenitud del ser. No es un modelo justo o en todo caso equitativo; recordemos que el capitalismo está sustentado en relaciones de explotación de la fuerza de trabajo de los obreros, los indios, los migrantes, las mujeres, los niños. Igualmente la industria editorial requiere escritoras de tiempo completo, en conflicto con la maternidad. Mejor que cada mujer decida en libertad sobre su cuerpa. Porque nos queda claro que no es un problema de ser mujer sino un problema del modelo mismo en un sistema donde las subordinadas no se insubordinan. Así que no quiero ser una escritora bajo este modelo. Pero no basta con desear que sea diferente, no basta con regalar tus versos, porque al final no decidimos nada cuando estamos solas y no decidiremos tampoco la fecha ni la hora del próximo apagón. Estamos tan enajenados por el dinero que hoy en día hasta la poesía tiene dueño. Alguien reclama derechos de autor de los poemas escritos por una maga invisible que acabó enterrada en una fosa común; alguien se apropia de los versos escritos en la cárcel por un poeta rebelde y tuberculoso; alguien comercia con el desasosiego de un escritor genial al que nadie le publicó en vida, y de esta manera somos despojadas de la palabra que nos liberta. No queremos ese modelo para nuestra creación literaria. Ni siquiera un modelo con perspectiva de género; una escritura que no se ha planteado abdicar del poder, que no se imagina una organización comunal para la vida y no sabe que la poesía es nuestro aire y nuestro canto, esa no es la escritura de nosotras.
La escritora escribe que no quiere ser escritora… pero escribe y todes los que no escriben, se emocionan!
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