Por Ana Claudia Molinari
La semana pasada publiqué una novela con mis manos, y ahora tengo que lograr que alguien quiera leerla. Doña Chole contra la mercadotecnia de los libros. Afuera hace frio y la neblina entra a la casa. Llega la guerra por la carretera. Aunque no es resistente a drones armados, me pongo el abrigo de nieve que traje de Francia y agarro valor. Afuera hay aves cantando de noche en busca de los perdidos. Apenas con cinco años, mi padre me leyó Hojas de Hierba. Solo por esa razón yo me sentía libre. Y pensaba que era lo mismo ser hombre que ser mujer. Después me crecieron las chichis y Walt Whitman quedó atrás. Afuera hay un espejo humeante que me espera. En la vida fui niño, extraterrestre y madre. He vuelto a nacer cuando se fue mi sangre. Ahora soy solo la hierba recién brotada. Una escritora que sale a la calle a pescar lectores.
Por favor ¡no te auto publiques!
He recibido este consejo de más de una sabia persona que piensa que el reconocimiento es algo importante para llegar a ser escritor. He encontrado prejuicios contra las personas que costearon su publi. Una amiga mía me comentó que su prima se había burlado de alguien que mandó pagarse el libro llamándola escritora de mentiritas. En general se tiene la percepción de que a uno “le publican”. Otros le publican, las editoriales del mundo tienen el honor. Incluso cuando ciertos autores se hacen publicar, contratando una serie de servicios editoriales, prefieren mantener este hecho en secreto y sostienen un discurso de “me publicaron mi obra”.
Yo sospecho que en literatura, todo es auto publicación, solamente que está muy bien construido el mito. Para hacerte publicar necesitas capital social o capital simplemente; un camino puede ser ganar concursos, de tal suerte que para forjarte un nombre, una carrera como literato, debes gustar a los escritores superiores, los jueces y editores. Hay otras maneras para inducir la publicación de tu gran obra, las editoriales independientes, por ejemplo. Pero de ninguna manera debes saltarte las reglas ni hacerlo sin los simbólicos permisos correspondientes.
Lo que deseo enfatizar por el contrario, es el hecho de hacerte cargo tú como escritora de crear un libro, es decir, tú escribirlo y luego editarlo, imprimirlo, confeccionarlo, difundirlo; llevar el libro a múltiples foros y buscar tus lectores al margen de la industria editorial. Es decir, desdoblarte en todos los otros oficios libreros y acudir a todos los espacios sociales que requiere la distribución de los libros para completar el ciclo del texto. Eso suena medio loco, un poco aferrado a llevar la contraria. La regla social marca que el escritor de éxito es aquel que solo escribe al tiempo que monstruosas casas editoriales le compran su literatura. De tal suerte, ya es la mercadotecnia la que hace posible la producción y circulación de los relatos.
No olvidemos que los libros son los instrumentos más eficaces y simples para transmitir y conservar la memoria de la cultura y que no se debería privatizar y mercantilizar el objeto libro a riesgo de quedar alienados de la posibilidad de generar conocimiento. Entonces, hacer nuestros libros debería ser asumido como una labor necesaria tal cual cultivar nuestras verduras. Ocupemos la semilla y hagamos por mantener una soberanía cognitiva frente al pensamiento dominante; vamos a crear -estamos procreando ya- los textos que queremos.
Evidentemente no hice caso de consejos y auto publiqué mi novela. Tenía una inmensa alegría el día que salió de la imprenta a principios de octubre de 2024; han pasado los días y las semanas. American Company no le interesa a nadie; la pila se me bajó a números rojos. Ahora me siento mejor y comprendo en un instante que la distribución es otra mercancía tal como lo es ya la lectura. Solo leemos aquello que nos es recomendado en redes sociales. Si quieres que se hable de tu libro debes pagar primero amiga. Consumo luego existo. Y sin embargo, los libros son frutos de papel que espero lleguen con vida al día después de la tormenta.
En fin, se supone que estoy escribiendo una reseña de American Company, publicada en San Cristóbal de Las Casas por Ediciones del Espejo Somos, en 2024. Tengo la intención de contagiar con esta lectura el gusto por la literatura independiente. Se trata de mi segunda novela, que la leo y me gusta y la leo y no me deja de gustar; yo aprendí mucho al escribirla. De entrada aprendí a escribir literatura y eso es importante. Lo fui descubriendo de modo autodidacta: en qué consiste el hecho de crear una novela y cómo armarla y luego esas reflexiones y esa destreza las hice parte de la novela. Con American Company ocurrió una gestación muy larga, me tomó diez años concebirla. Un problema temprano que tuve fue que no encontraba final y no quería forzar uno tan solo para lograr terminarla; esa incapacidad de cerrar orgánicamente una novela que escribes me traumó. La guardé en el archivo y quise olvidar el manuscrito. Después de años archivada, supe en un instante nítido cuál sería el final de mi novela. Un día de marzo de 2020 tuve claridad y entendí que el tiempo es necesario en este oficio. Se me quitó la sensación de fracaso con esa pieza, logré poner el punto final. Por si las dudas me reté a mí misma a escribir otra novela en la que iniciara la historia por el final. Así lo hice. Otro día hablaré sobre esto.
Ahora te recomiendo la lectura de American Company pues te va a gustar y te vas a sorprender, ocurrió junto a ti y la dejaste pasar. Es una novela juvenil con la que te clavas y la lees de una sentada y te quedas pensando en ella tiempo después: un lío entre un antropólogo maya, un grafitero genial y una morra de Chihuahua que llegó como migrante a San Cristóbal de Las Casas. La ciudad es el cuarto personaje, toda la aventura transcurre aquí y en una fábrica de refrescos; de pronto una pandemia de cerditis juega también su papel. La noveleta aborda muchos temas, el de la revuelta, el amor, el deseo de devenir escritor, la búsqueda de la identidad y el sentido de la vida que deriva en la muerte; el llamado a tejer signos y hasta la ruta redentora rumbo a un encuentro de mujeres que luchan convocado por las compas zapatistas de Chiapas.
Yo he constatado que la censura existe y que invariablemente te la aplican. Nadie te publica pero todo lo que digas será utilizado como mercancía. Mi novela no ganó el concurso. Ahora leyendo a grandes escritoras para hablar de su obra en mi blog, me doy cuenta que la escritura es desobedecer, como dice Gloria Anzaldúa. Ahora yo vengo a decirte aquí en una entrada de blog baneada, que para mí, editar y publicar sin autorización es seguir desobedeciendo y que esa desobediencia es clave en nuestro futuro.
Hay libros dentro de los libros, por eso leer es la única manera de ganar el tiempo. Eso fue lo que de niña me enseñó mi padre. Él me transmitió un respeto por el conocimiento científico y el gusto por los libros de poesía. Nunca me leyó a una mujer poeta. Hasta hace poco yo prefería leer autores, incluso ahora recurro a Bukowski cuando necesito darme fuerza.
Rompí con la tradición y me puse a leer a escritoras cósmicas, maravillosas, la mayoría contemporáneas a nosotres sus lectores. Empece a escribir reseñas de obras de Virginie Despentes, Rosario Castellanos, Gloria Anzaldúa, Tony Morrison, Svetlana Alexievich, Silvia Federici, Ayari Lüders, Milagros Ezquerro. Escritoras cuyas ideas se expresan en el discurso actual de los feminismos. Es evidente que muchas mujeres están logrando entender su propia situación con los conceptos y las palabras tejidas por estas autoras. Me ha encantado crear este contenido para Las escritoras no existen porque yo me inserto en la reseña y produzco un relato en el que esos libros, esas autoras y yo tenemos siempre algo que ver. Por otro lado, me interesa mucho hacer ejercicios de lectuescritura y conversar con los libros.
Mientras tanto voy entendiendo cómo es mi mundo de escritora que quiero ser. Una comprensión que da paso a la urgencia de rebeldía; de nuevo la revuelta que se alimenta de poesía. Poesía para hacernos preguntas; para acompañar a los que aguardan debajo de la tierra, para que nazcan los muertos, para que miren los ciegos, para tapiar las ventanas con versos justo antes de la masacre. Como nos lo enseñó Mahmud Darwish el poeta palestino, las palabras sirven para encontrar un camino intramuros cuando la puerta no tiene puerta.
Mi padre murió el pasado 19 de noviembre de este año que termina, estaba en su casa y fue un anciano rodeado de cariño. Hoy yo hablo desde el mundo zurdo. Lo reconozco ante mí y me doy cuenta de que soy la heredera del brujo. Soy nadie, soy huérfana, soy de las flores liberta. Auto publico mi novela. Edito libros de poesía en mi editorial de garaje y leo escritoras para escribir sobre la escritura o radicalizar mi feminismo. ¿Acaso la chispa de nuestros versos encenderá alguna hoguera? Doy gracias a la vida y mantengo la flama comunal de las alzadas. Camino junto a ellas en las ruinas de la ciudad, llevamos en la garganta el instrumento musical que insufla la vida, cantamos, hasta devenir una partícula sonora en el exosistema.